Mostrando entradas con la etiqueta Marcelo Colussi. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Marcelo Colussi. Mostrar todas las entradas

domingo, 16 de junio de 2013

¿Futuro?



Marcelo Colussi

Roberto se consideraba un “nativo digital”. En realidad, no sabía con exactitud qué significa eso…, pero le agradaba cómo sonaba la palabra. Vagamente la asociaba con “aborigen”, con “primitivo”. Los “nativos”, según su parecer, eran siempre gente sana, pura. En este caso, esa pureza estaba asociada con el desarrollo. Confusamente, sin mayores disquisiciones, la mezcla en cuestión le parecía fabulosa: alguien “que no contamina el ambiente” pero con “actitud de progreso, que usa inteligencia artificial”.

Todo esto lo había ido escuchando por ahí. A su modo –fragmentario, por cierto– sabía que todas esas cosas (no contaminar el planeta, respeto hacia los diferentes, desarrollo sostenible, tecnologías de la información y la comunicación), aunque no pudiera explicar bien qué significaban, no podían dejar de mencionarse en un discurso correcto. ¿Esa “corrección” era el progreso? ¿O lo era el uso de las tecnologías de punta? No se lo cuestionaba mucho, en verdad. En realidad, aunque un fiel representante de la cultura digital que lo envolvía, no hubiera podido jamás dar una definición convincente de “progreso”. Ni de “domótica”, que era lo que hacía su padre, de la que sólo sabía que implicaba “muchos botones para oprimir…” Es más: mucho de lo que hacía, no sabía por qué lo hacía. Simplemente, “así son las cosas” se decía, y esa explicación le bastaba.

Lo poco que sabía sobre estos temas, muy escasamente lo había extraído de alguna precaria lectura; de hecho, casi no leía. Igual que todos sus compañeros de clase (estudiaba tercer año de Administración de Empresas en esa universidad privada de aquella ciudad de país sub-desarrollado), lo más que leía era algún documento digital (corto) y eventualmente fotocopias de partes de capítulos de algunos libros técnicos. Cuando hacía esto, sonreía y nunca dejaba de decir socarronamente: “estas prácticas del pasado”. Literatura ni siquiera sabía bien qué era; vagamente, también, la asociaba a aquello de “los molinos de viento, el flaco alto y el gordito simpático” que había visto alguna vez en alguna de sus numerosas pantallas (¿del televisor?, ¿de la computadora familiar?, ¿de su tabla?, ¿en el teléfono celular?, ¿en la agenda electrónica que tenía instalada frente al inodoro de su baño?) La biblioteca de su abuelo (más de tres mil ejemplares) le parecía algo inconcebible. ¿Cómo se podía leer todo eso?

–Abue, ¿y por qué leíste tanto en tu vida?–

–¿Tanto? Si yo casi no he leído nada, m’hijo.–

–¿¡Cómo que no!? ¿Y esa biblioteca gigante?–

–¡Ojalá fuera gigante! Es una modesta bibliotequita, Roberto. Me voy a morir sin haber leído ni la mitad de lo que hubiera querido.–

–Pero ¿cómo, abue? ¿Me vas a decir que no leíste nada? ¡Si es impresionante la cantidad de libros que hay aquí…! Esto me hace acordar lo que alguna vez papá me contó en comunicación en tiempo real y tres dimensiones sobre esos genios del pasado que pasaban su vida entera leyendo. Por ejemplo, ese escritor uruguayo, o argentino, no recuerdo, tan famoso…. Borgia creo que se llamaba.–

–¡Borges! Jorge Luis Borges.–

–¡Ése! Sí… Papá me contaba que este Borges, solito, leyendo en su casa, aprendió a hablar chino mandarín. El mismo endemoniado idioma que yo ahora estoy aprendiendo con el nuevo programa de Linux 45, versión 8.0, y que en realidad no me está resultando tan difícil. ¿Cómo habrá hecho este fulano sin computadora?–

–Eran otros tiempos, Robertito.–

–Sí, claro… La verdad que a veces me pregunto cómo haría esa gente. O el tal Freud, el psicólogo ese, judío creo, de Suiza me parece, que aprendió a leer español también solito, con un diccionario. ¿Cómo hacían eso, abue? ¿Eran más inteligentes?–

–¿Más inteligentes? Mmmm…, no creo. ¿O acaso hoy la gente, o los jóvenes, son más tontos que antes?–

–Bueno…, creo que no. No sé…, no estoy muy seguro. Yo diría que no, porque hoy nadie necesita ponerse a estudiar un idioma extranjero solo, en su casa, luchando con un diccionario. Los programas de e-learning te lo facilitan todo. En tres meses se puede aprender a la perfección cualquier idioma. Y para fabricar esos programas no hay que ser muy tontos que digamos, ¿verdad?…–

–Es cierto, ¿no? Yo, te lo confieso, jamás en la vida usé uno de esos… ¡Soy de otra época! Pero me parece que son útiles, claro que sí.–

–¡Of course, abue! Yo, que de verdad no me considero ninguna lumbrera, hablo ya siete idiomas gracias a estos programas interactivos. ¡Son buenos! Deberías probarlos.–

–¿Y para qué a esta altura de mi vida, con más de 70 años?–

Bueno, no sé…, para no estar out. Pero retomando lo que decíamos: creo que no somos más tontos ahora. No sé si seremos más inteligentes…, pero no veo por qué seríamos más estúpidos sólo porque no leímos tanto como ustedes.–

Para el septuagenario lector, connotado intelectual de su medio, militante de izquierda de toda la vida, la lectura era una pasión. Si bien no era refractario a la explosión tecnológica que había visto precipitarse en la segunda mitad de su vida, no se sentía fascinado por ella. Al contrario, guardaba una cierta distancia con todo eso. De todos modos, el audífono de última generación que portaba –tecnología japonesa fabricado en China– le había hecho cambiar bastante su punto de vista sobre estos aspectos. Ahora sí escuchaba…

–En un tiempo se decía que “las armas las carga el diablo…, y las descargan los tontos”. Pues bien, Robertito: con la tecnología llevada a estos extremos como se ve hoy día, podríamos parafrasear y decir lo mismo.–

–¿Cómo? ¿Las computadoras también las carga el demonio? ¿Y tu audífono, abue?–

–Eh…, no es exactamente así, claro…. Quiero decir que….–

–No te justifiques, abue. Yo sé que ustedes, los de otra generación, nos ven como unos tontos consumistas, banales, superficiales, a todos los que nos pasamos la vida ante una pantalla.–

–En realidad, yo no dije exactamente eso, Robertito. Pero, ¿no hay algo de verdad en ello?–

–Bueno… sí y no. ¿Qué se podría decir de alguien que se pasa la vida delante de un libro?–

–¡Eso es otra cosa!–

–No sé… ¿Por qué otra cosa? En todo caso, me parece, es un punto de vista. ¿Es mejor leer o resolver los problemas con estas máquinas? Y la mujer astronauta que acaba de descender en ese satélite de Marte, Fobos me parece que se llama, ¿no te parece que es un avance? Aunque no se lea como en otros tiempos, la gente sigue haciendo cosas maravillosas…, como tu audífono, por ejemplo. O estos viajes espaciales.–

–Yo sigo pensando que es mejor leer, Roberto. Te abre otros mundos, otras posibilidades.–

–¿Y acaso la nube de internet no lo tiene todo? –

–No te lo sabría decir… No sé.–

–Creo que la idea de la tecnología te asusta un poco, ¿verdad, abue?–

–Tanto como “asustarme”, creo que no… Pero definitivamente no soy como los de tu generación, ustedes que nacieron ya con un chip pegado en el cerebro.–

–¿Y te parece malo eso?–

–¡Qué pregunta! Creo que es imposible decir que eso sea malo, ¿no? Es distinto, profundamente distinto a lo que yo viví… Vez pasada leí una encuesta que me hizo reír.

Mientras hablaban, el abuelo permanecía sentado en su cómodo sillón con apoyabrazos jugueteando con el control remoto de su pierna ortopédica –última generación, de fabricación alemana, la cual le permitía caminar a buen ritmo pese a sus dos infartos–, en tanto Roberto hacía varias cosas: leía mensajes en su teléfono celular, escuchaba música con sus audífonos y tecleaba en su tabla buscando una información urgente para un trabajo en la universidad del que le acababan de avisar en una de sus siete redes sociales, echando cada rato una miradita tanto a la foto en tres dimensiones de su pareja (la de carne y hueso, no la virtual) así como a otras donde se veían orgías con lujos de detalle, en tres dimensiones y con opciones interactivas. Por supuesto, el abuelo no se daba cuenta de esto último.

–Estaban investigando sobre los hábitos de la juventud actual– comentó el anciano. –No sé si el estudio se dedicaba específicamente a la sexualidad o las tecnologías digitales. Quizá a ambas cosas. Lo cierto es que había una pregunta que se le hacía a los jóvenes, francamente hilarante.–

–“Hilarante”… ¿Y qué significa eso, abue?–

–¿¡Nunca escuchaste esa palabra!?–

–“Que inspira alegría o mueve a risa”, según el Diccionario de la Real Academia Española en su última edición. “Que provoca ganas de reír. Por ejemplo: un montaje con lo mejor del humor negro hilarante y jubiloso”, según el Diccionario Manual de la Lengua Española Vox. El término proviene del latín “hilărans”, sustantivo neutro de tercera declinación, cuyo genitivo hace: hilarantis; es el participio activo de hilarāre, que se pude traducir por “alegrar” o “regocijar”. Sus antónimos son: “triste”, “serio”, y por si te interesa saber –perdón por hacerme el erudito, abue–, en polaco se dice “wesoły”, y en vietnamita “vui nhộn”–.

–¡Por dios, Robertito! ¿No era que hace un instante no sabías lo que significaba esa palabra?–

–Cuando la ibas pronunciado, activé el decodificador de sonidos, y casualmente toqué las teclas del polaco y del vietnamita. Por eso, más rápido de lo que ibas diciéndolo, pude tener esa información. Pero te debo el árbol de sinónimos, que recién ahora estoy viendo en la pantalla de mi reloj/agenda electrónica: hilarante significa también gozoso, contento, alborozado, complacido, alegre, satisfecho, irrisorio, ridículo, grotesco, cómico, absurdo, festivo, risueño, jocoso, divertido, contento, placentero, jubiloso, jovial…–

–¿Y de dónde tanto conocimiento, Roberto?–

–De todos estos aparatitos, abue–, dijo señalando la miríada de equipos que llevaba adosados, sin contar los que tenía implantados ya en forma fija, dentro del cuerpo.

El anciano quedó deslumbrado, al mismo tiempo que impresionado, o quizá golpeado, para ser más exactos. Tanto, que le reapareció el inveterado tic en su ceja izquierda, que sólo se activaba en circunstancias difíciles, y que inexorablemente estaba unido y reactivaba el recuerdo de las torturas sufridas en la juventud, cuando su militancia en el Partido Comunista. Ante cualquier situación emotiva fuerte, le regresaba. Como ahora.

–Felicitaciones, Robertito. Veo que estás muy familiarizado con todo ese mundo tecnológico.–

–Así es, abue. Aunque…, ¿por qué felicitarme? Si yo ya nací con todo esto…–

En realidad, para el anciano intelectual, ese mundo fabuloso de las tecnologías digitales, de la inteligencia artificial y todo lo que él intuía como “de avanzada”, tenía algo de mágico, de portento incomprensible…, pero también peligroso. Su preocupación fundamental, nunca ocultada, era el crecimiento de una cultura no lectora y acrítica que ya hacía tiempo se había consolidado. Eso, según su parecer, era un déficit irrecuperable. “¡Un verdadero peligro. Quizá, el peligro más grande de estos tiempos!”

–Bueno, abue: pero ¿cuál era esa pregunta tan “hilarante” que ibas a contar hace un momento?–

–Aunque te rías, Robertito, la situación era esta: en esa investigación se le preguntaba a jóvenes de tu edad qué harían si suena su teléfono celular justo cuando están haciendo el amor.–

–¿Aha?–

–Y al menos la mitad afirmó que por supuesto contestaría.–

El nieto guardó silencio. Esperaba que su abuelo siguiera con el relato; no entendía por qué se había detenido. Ese silencio lo único que lograba, para Roberto, era volver más incomprensible la anécdota.

–Abue… ¿y qué tiene de hilarante eso?–

Más desconcertado aún quedó el abuelo. No entendía cómo su nieto no reaccionaba airado, o divertido, o simplemente… ¡no reaccionaba! ante el relato. Para él era inconcebible algo así. Evidentemente, para Roberto –quizá para todos los jóvenes de su generación– no. “¿Es que estos muchachos viven sólo para andar manipulando maquinitas?”, se preguntó acongojado.

Sin dudas había dos códigos en juego, dos cosmovisiones, dos proyectos de vida. Incluso, proyectos enfrentados. Eso no quitaba que se quisieran entrañablemente. De hecho, Robertito había sido criado en gran parte de su infancia por sus abuelos, dado que sus padres habían marchado al exilio durante la última dictadura que asoló su país algunos años atrás. Durante ese período el abuelo, en ese entonces más joven y con mayor energía, había hecho lo imposible para lograr que su nieto –era el único que tenía– se inclinase por la lectura, por los valores de criticismo que él levantaba como los más importantes. No entendía que un joven fuera conformista, apegado al sistema de cosas imperantes, que lo más importante le resultara tener las máquinas de moda. Para él, tal como alguna vez lo dijo el ahora ya lejanísimo Salvador Allende del Chile socialista, no podía entenderse la juventud sin rebeldía, sin irreverencia.

–Hoy día estos jóvenes parecen viejos. No se cuestionan nunca jamás una cosa. Sólo compran y compran. ¡No saben hacer otra cosa…!–, reflexionaba amargamente. Para él, un amante furioso de la lectura, era impensable que un estudiante universitario no armara ya desde su primer año una nutrida biblioteca. Llegó a derramar lágrimas en silencio viendo que su nieto no se interesaba por las mismas cosas que él: no leía, no le interesaba la política, sólo pensaba en estar a la moda tecnológica, aceptaba pasivamente lo que sus mayores le decían…

Pero había algo más que lo tenía triste, profundamente afligido. En realidad, eran dos cosas. La muerte de su hija en el exilio, la madre de Roberto (un cáncer fulminante), y el estilo de vida elegido por su otro hijo, el ingeniero, a quien consideraba “perdido”. Vladimir Libertario –así lo habían bautizado, aunque el muchacho prefería hacerse llamar Jimmy–, quien siempre estuvo en una relación de tensión con el ahora anciano militante. Vladimir era exactamente la antítesis de lo que su padre –y también su madre, miembro del Partido Comunista igualmente, hoy ya fallecida– querían. Era, quizá, como Roberto, pero en un grado superlativo.

Prefería hablar en inglés y no en español. Se mofaba de los indígenas de su país, miraba el imperio con profunda admiración reverencial y era un consumidor de tecnologías de punta infinitamente más exagerado que Roberto. Tenía cuatro chips insertados (el último, de la más reciente generación, le permitía cambiar de sexo indistintamente). En este momento vivía en Los Ángeles, y hacía años que no se comunicaba con su padre. La última vez que nuestro héroe –el anciano militante– había tenido conocimiento de su hijo ingeniero fue cuando leyó un artículo de difusión de él, en inglés, donde adoraba la tecnología como nueva deidad, poniéndola como el elemento que “le hace falta a los países pobres, subdesarrollados y salvajes del Sur del mundo para salir de su atraso”. Lo que no le perdonaba era la frase con que cerraba el texto de marras, escrito sin dudas con saña y con secreta dedicatoria para su padre, quien siempre regañaba/acusaba a Vladimir por su racismo: “el día que nuestro país se desarrollará será cuando cada indio posea un teléfono celular inteligente”. Hoy, años después de escrito ese artículo, en el país había casi el doble de teléfonos móviles que de habitantes… y el “progreso” no había llegado.

El abuelo era reticente a ese endiosamiento de la tecnología, pero no la denostaba. El día después de esta escena que relatamos más arriba, llamó a su nieto a su estudio, y con aire ceremonial le comentó:

–Robertito querido, tengo que contarte algo que te va a hacer caer de espaldas.–

–¿Qué cosa es, abue?–

–Bueno…, durante el exilio de tus padres en Europa, cuando la guerra civil aquí, pasaron cosas muy desagradables.–

–Aha…–

–Por lo pronto, murió tu madre.–

–Sí, eso ya lo sabía. Me lo contaste muchas veces, ¿te olvidaste? De un tumor canceroso en la cabeza, cuando tenía 35 años. Y también mi papá, las pocas veces que ahora lo veo en la pantalla, me lo dijo.–

–Bueno, Robertito: de eso se trata… Tu padre nunca regresó del exilio. Esa persona que a veces te habla por la computadora no es tu papá de carne y hueso. ¡Es un holograma!–


–¡Ah! ¡Qué bien! Debe ser el mismo programa que uso yo a veces, cuando no tengo ganas de hablar en persona aquí, y monto mi holograma. ¿No lo habías notado? Ahora, el verdadero Robertito está en un motel, abue, con una de sus parejas. Pero si recibe una llamada por teléfono seguramente contesta. ¿Lo llamamos?–

viernes, 11 de enero de 2013

Confesiones en una cornisa







Sucedió alrededor de las 10 de una fría mañana de día miércoles. Se podrán hacer todas las interpretaciones que se deseen del hecho, pero lo más importante no es su desenlace sino lo que allí se dijo.

Toda la escena no duró más de media hora, pero tuvo tal intensidad emotiva que podría parecer de horas, o de un día entero. Como siempre, lo más importante es el contenido y no la cáscara, aunque tantas veces nos quedemos fascinados sólo con la presentación, con lo externo.

David fue militante del Partido Comunista prácticamente toda su vida, desde los 17 años. Ahora, con sus 71 cumplidos, seguía siendo un activista comprometido; ya no del partido, sino de la causa, de la vida. Decepcionado por muchas de las cosas que fue viendo, se salió de la organización ya de grande, después de los 60, pero nunca abandonó sus convicciones. Seguramente por esas mismas convicciones y no por otra cosa –así lo creo yo al menos– es que sucedió lo que sucedió.

Era psiquiatra, como tantos médicos de origen judío de Argentina. Su paso por la Unión Soviética años atrás no le reportó mucho para su profesión, pero sí para su formación política. Pero donde más le influyó fue en su ética, en su visión de las cosas. De hecho, sus abuelos paternos eran rusos. Al igual que su padre, él hablaba la lengua rusa con bastante fluidez. No se sentía ruso precisamente, pero el contacto con ese pueblo por casi un año –el tiempo que duró su formación política– y dos breves regresos que hizo posteriormente, lo sensibilizaron mucho, haciéndolo sentir casi uno más de ellos. Por eso ahora, caído el bloque socialista, se resentía tanto, sintiendo así en carne propia, casi como un ruso común, lo que esa caída había significado.

Lo cierto es que aquella mañana David no aguantó más y lo hizo. Como yo su era vecino y nuestros balcones se tocaban, contraviniendo lo que pidió –tengo que confesarlo: lo hice porque no quería perderme ni un detalle de lo que sucedía–escuché toda la conversación.

La cuestión empezó cuando algunos transeúntes lo vieron encaramado en la cornisa. Era un edificio viejo, de los años 30, muy bonito, con un estilo neoclásico europeo con el que hoy día ya no se construye. Vivíamos en el sexto y último piso, altura suficiente para matarse si uno caía desde ahí. Había ascensor, pero David, con sus 71 años a cuesta, prefería las escaleras. Siempre había sido un tipo muy atlético, con un esmerado cuidado físico. De hecho, todas las mañanas practicaba media hora con una bicicleta estacionaria en la sala de su casa. Fue por eso, por estar en muy buenas condiciones, que pudo salir del balcón y comenzar a caminar por la cornisa.

La verdad que no sé si tenía pensado arrojarse realmente; yo me quedé con la idea que era una estrategia para llamar la atención. Tal vez la de su nieto, no sé… O quizá de la opinión pública. No puede decirse que David fuera un histriónico; pero sí que sabía concitar la atención, que le salía con mucha facilidad ser centro de las reuniones. Era muy buen orador, por cierto. Podía hablar horas sin papel, improvisando. Su formación era erudita. Además de medicina y psiquiatría, había estudiado mucha filosofía e historia del arte. Y tocaba el violín como los dioses.

Cuando estaba en la cornisa, no demoraron ni cinco minutos en aparecer ambulancias, la policía, los bomberos, y por supuesto los medios de comunicación. De todo se puede hacer negocio, por supuesto. Y un suicidio es algo perfecto para ello. Más aún si se trata de alguien más o menos conocido como era David Ulianowsky, ¡el doctor Ulianowsky!, conocido y reputado médico comunista, destacado columnista en uno de los periódicos más importantes del país.

Estando en la cornisa, cuando se acercaron los bomberos tratando de convencerlo que no lo hiciera, que la vida es hermosa y estupideces de ese tipo (la vida ¿es hermosa?), pidió que se retiraran todos, y que sólo hablaría con la psicóloga de la policía. Fue él, David, quien pidió que fuera la psicóloga. No cualquier psicólogo, sino ella; él la conocía desde hacía un buen tiempo, porque había sido su alumna en la cátedra de Psicopatología. Le parecía una mujer especialmente inteligente.

En no más de 15 minutos María Inés estaba ahí. Preparada para ese tipo de eventos, no temió en salirse del balcón y acercarse caminando por la cornisa. Eso estaba fuera de todos los protocolos de seguridad que los empleados policiales cumplían a la perfección, pero ella no era como todos. Por esa irreverencia, esa rebeldía siempre presente en su actuar es que David la tenía como su mejor alumna, la más inquieta, la más crítica. Ella lo siguió tratando de usted, como quince años atrás lo había hecho en la Facultad; él continuó con el tuteo. La conversación es una verdadera pieza de antología.

Doctor, ¿qué está por hacer?

¿Qué te parece?

Pero ¡piénselo! No cometa una locura.

¿Y quién dijo que es una locura?

Bueno, seamos racionales. ¿No recuerda cuando usted nos daba esas clases sobre la depresión y el suicidio? Siempre decía que el suicidio tiene que ver con el deseo de matar a otro; que en realidad uno no se mata a sí mismo sino que está matando a otro. ¿A quién quiere matar, doctor?

Uy… ¡A tantos! Si te contara, María Inés…

A eso vine, a que me cuente. No tengo ningún apuro.

Bueno, conseguime un cigarrillo y te cuento.

En un santiamén la psicóloga-policía ya tenía un cigarrillo encendido que ofreció al potencial suicida. La escena se desarrolló en la cornisa, a más de 20 metros de altura.
Dale, fumate uno vos también, pidió el médico a su ex alumna.

En horas de servicio no fumo, gracias.

¡Pero qué bien portadita esta chica! Bueno, pero un cigarrito aquí, en estas alturas, no creo que sea mucha contravención de ninguna norma. Digamos que te lo pido como condición paro no tirarme, ¿dale?

Dubitativa, María Inés encendió uno. No fumaba habitualmente, por lo que las primeras aspiraciones la ahogaron un poco. Lo tomó como un acto de servicio.

Entonces, doctor: ¿por qué se quiere arrojar?

Uy, María Inés… ¡Es tan largo de contar!

Por algún lado hay que empezar, ¿no? Dele, lo escucho.

¿Vos alguna vez te sentiste defraudada?

Sí, claro.

Bueno, así me siento yo. Profunda, honda, radicalmente defraudado. Siento que me jodieron, que me estafaron.

¿Quién le hizo eso, David?, dijo María Inés, tratándolo por su nombre por vez primera en su relación.

¡La vida!

¿Cómo que la vida? ¿Qué significa eso?

Creo que vos lo podés entender, María Inés. No es nadie en particular; es… todo, las circunstancias, lo que a uno le toca vivir…

Hasta donde yo sé, David, a usted no le fue tan mal en la vida.

¿Y a qué te referís con eso? ¿A que no paso hambre? ¿A que tengo una casa y un auto a mi nombre? Bueno, sí: es cierto. No me puedo quejar en ese sentido, porque no tengo penurias económicas. O, al menos, puedo comer todos los días. Un médico psiquiatra judío nunca la masa mal, che… Bueno, en Argentina por lo menos. Pero ¿quién dijo que a uno no le va mal porque tiene un mediano ingreso?

Yo no me refería sólo a eso, David. Creo que usted es un tipo bien reputado, conocido, apreciado por mucha gente. No es sólo el nivel económico: es todo lo que pudo cosechar en su vida. ¿Le parece poco lo que logró?

¡No me hagas reír, María Inés!…, explotó en una espontánea carcajada el doctor. Decime, a ver: ¿qué conseguí?, inquirió provocativo.

Pues…, muchas cosas. ¿O acaso no tiene un lugar destacado en la profesión médica? ¿O acaso no tiene el respeto, la admiración diría, de muchos alumnos y colegas? Incluso hasta quienes lo adversan políticamente lo respetan. ¿Le parece poco todo eso?

Sos muy chica todavía, María Inés. Te falta mucho recorrido para entender ciertas cosas. ¿A vos te parece que por haber publicado un par de estupideces a uno le va bien en la vida? ¿Te pusiste a pensar quién se va a acordar de esas boludeces dentro de un tiempo, cuando yo me muera? ¡Nadie, absolutamente!

Pero, ¿cómo es la cosa, David? ¿Se siente defraudado porque no es famoso? ¿Porque no va a quedar en la historia como un grande, como Borges, como Cervantes, como Lenin?

¡No, piba! No te olvides que soy comunista, y que tengo ética de comunista… Nunca pensé sólo en primera persona. No es la gloria, el honor y las luminarias lo que persigo, che. Si te digo que me siento defraudado, no es porque no me gané el Premio Nobel.

¿Y qué lo defraudó entonces?, preguntó con una sonrisa benevolente la psicóloga-policía.

Te repito: la vida… Sé que es difícil de entender. Pero más difícil aún es explicarlo. ¿Cómo que la vida me defraudó?, te estarás preguntando. Bueno, sí… Lo que me fue pasando, las expectativas que nunca se cumplieron, los sueños esfumados…

¡Uy!, suena medio trágico todo eso. ¿Pero de verdad que le fue tan mal? Yo no lo creo, David…

Te repito, María Inés, y te lo digo casi como un padre hablándole a su hija (aunque, tengo que reconocerlo, cuando eras mi alumna te miraba no como hija precisamente…, sino como la más guapa de mis estudiantes).

¿De verdad, doctor? ¡Nunca me hubiera imaginado esto que me dice!

Bueno, sí… Pero eso no viene a cuento ahora. Lo que te quería decir, casi como padre, o como viejo que le habla a una joven, es que tenemos mucha distancia generacional, mucha, quizá demasiada, y vemos la vida de modo muy distinto. Además, no te olvides de esto María Inés, yo soy un militante comunista, y tengo principios que no voy a dejar hasta que me muera. Y eso hace que vea la vida de un modo muy particular.

¿Es eso lo que lo hace sentir defraudado?

Bueno, en cierta forma… sí. Me pongo a pensar a veces en lo que fue el esfuerzo de toda mi vida, en mis anhelos, en mis proyectos más importantes –que, por supuesto, no son comprarme la casa, el auto o la licuadora de último modelo– y me dan ganas de llorar, María Inés, ¡ganas de llorar!

Creo que ahora es más que ganas de llorar… Se trata de quitar la vida.

Es que… hay algo más todavía, quizá lo peor.

¿De qué se trata?

Como te darás cuenta, mi querida María Inés, lo que más me mueve no es la preocupación material, el vehículo de lujo o todas esas cosas que para mí, de verdad, son banales. Ni tampoco la sensación de fracaso personal que pueda tener. Me hubiera gustado, creo que como a cualquiera, no ser un tipo torpe, con pocas luces. Y sé que, aunque vos me digas lo contrario, soy un mediocre, uno más del montón, más bien tirando a tonto.

Usted es un tipo brillante, David. Y lo sabe. Publicó mucho, lo respetan.

¡Boludeces, mi querida! ¡Puras boludeces! Pasé toda mi vida simulando, haciéndome pasar por lo que no era… Quiero decir: vendí siempre la imagen de un intelectual profundo, sesudo, analítico. Y la verdad que no paso de un activista que siempre hizo, bastante irreflexivamente, lo que el Partido decía. Claro que, tenés razón, haciéndome pasar por un tipo brillante…

¿Por qué dice eso, David?

Porque es así, María Inés. Lo digo con amargura, más bien con resignación. Soy lo que soy, y no me da para más. Por ejemplo: creo que sabías que toco un poco el violín, ¿no?

Una vez nos lo contó en clase, sí.

Sí, como muchos judíos de mi generación de ascendencia europea, tocar el violín era algo común. Bueno, lo cierto es que nunca pasé de mediocre alumno. Siempre envidié a un primo mío que vive –o vivía, creo que murió– en Rusia, y llegó a ser un destacado concertista. Quizá lo escuchaste mencionar alguna vez: Boris Godúnov. Yo siempre fui un chapucero. Pero me resigné. No podía ser concertista y médico. Así que me dediqué a estudiar muy en serio la carrera de medicina, y el violín quedó como algo totalmente secundario. Bueno, con eso no tengo mayores problemas: nunca me consideré un violinista. ¿Me seguís?

Sí, claro. ¿Quiere otro cigarrillo?, ofreció inesperadamente María Inés. Ambos encendieron uno nuevo, con alguna dificultad por el viento que corría a esa altura. Mientras, la gente ya se había comenzado a agolpar abajo, y dos canales de televisión se aprestaban a registrar el hecho con varias cámaras y toda la parafernalia técnica de una transmisión de exteriores.

No es que estoy amargado porque no pude ser un virtuoso violinista. No, no, para nada, porque ni siquiera me lo planteé. Pero por el lado intelectual, ¡ahí sí que sufro!

El doctor Ulianowsky dio una profunda pitada a su cigarrillo, tomó aliento y continuó hablando, desatendiendo los gritos que desde la calle le comenzaban a dar los bomberos, alentándolo a arrojarse sobre una cama elástica que habían improvisado.

¿Cómo es eso, David?, preguntó con cortesía profesional María Inés, que a esta altura no sabía si estaba tratando con un paciente, con su ex profesor, con un adulto a quien le gustaba y de quien hubiera deseado ser cortejada más explícitamente, o con alguien a quien veía que admiraba cada vez más aunque no pudiera explicar por qué.

Es que…, es difícil decirlo, pero yo siempre fui un cero a la izquierda en términos intelectuales.

¡Pero si ha escrito mucho! Es conocido, tanto como psiquiatra como por sus escritos de análisis político. ¿No fue director del diario del Partido Comunista por muchos años?

Sí, sí…, es cierto. Pero nada de lo que escribí es trascendente, María Inés. Eran, en general, consignas bastante panfletarias. ¿Qué quedará de todo eso dentro de un tiempo? Nada de nada. Como mucho de lo que se escribe por ahí, mi querida: mucho, muchísimo de eso es pura cáscara. Yo no escapo a las generales de la ley.

Yo no diría lo mismo, David.

Bueno, será que todavía estás fascinada con tu profesor. O lo decís por puro cumplido. O –me inclino por esto último– es parte de tu buena intervención como psicóloga con un suicida en una situación bastante límite. Pero, ¡hablemos en serio María Inés!, y desde ya te digo que hacés muy bien tu trabajo: ¿de verdad vos podrías decir que todo lo que escribí por ahí vale? No, no…. ¡seamos sinceros! Quizá no es un desastre, pero no aporta nada nuevo, no pasa de hacer un poco más de ruido y acompañar lo que ya otros dijeron. ¿Qué cosa nueva aporté?

Bueno…, no todo lo que se escribe tiene que ser novedoso, original. Los análisis políticos suyos que leí por ahí siempre me parecieron muy buenos.

No mientas, m’hija. Vos nunca fuiste de izquierda, aunque eras muy inteligente y bien podrías haberlo sido. Por eso mismo, dudo que hayas leído alguna vez el diario del Partido. Y si leíste algo que te pareció de calidad –no lo niego categóricamente– eso no quiere decir que efectivamente fuera algo importante. Estaba bien presentado, bien maquillado me atrevería a decir, pero no más.

Me parece que es demasiado malo con usted mismo. Muy terminante.

Mirá, María Inés. Si querés tuteame, che. Para mí sería muy lindo que lo hicieras, aunque sea en una cornisa y a punto de tirarme al vacío... Bueno, te decía que más allá de cómo puedas verme vos, muchachita aún, yo soy un mediocre que pasó su vida disfrazado de intelectual profundo. ¿Por qué lo hice así? No te lo sabría explicar bien…. No sé. Por temor a mostrarme en mi mediocridad. Prefería presentarme como sesudo, profundo, seguramente para que nadie se diera cuenta que era un torpe.

Pero si usted… quiero decir: ¡pero si vos no sos ningún torpe! ¿De dónde sacaste eso?

Ay, María Inés… ¡Si te contara! Pero, la verdad que no quiero hablar de eso. A esta altura de mi vida ya no me vas a venir a convencer que no soy un boludo. De todos modos, lo que me frustra, lo que me quita las ganas de vivir, lo que me llevó a tomar esta decisión por la que ahora ambos estamos hablando en una cornisa a 25 metros de altura, es otra cosa.

¿Qué es, David?

Esa es la verdadera frustración, el tremendo dolor profundo que llevo adentro y que no sale, que me retuerce el alma cada día… Es lo que ya me tiene muerto en vida.

Pero, ¿a qué te referís, David?, y ambos encendieron su tercer cigarrillo, mientras las cámaras de televisión ya comenzaban a transmitir en vivo los incidentes de ese “gran espectáculo”, y los policías compañeros de trabajo de la psicóloga trazaban planes de contingencia, calculando, entre otras, la posibilidad de caer de sorpresa sobre el suicida, inmovilizándolo y reduciéndolo en la cornisa misma para evitar que saltara.

Después de décadas y décadas de militancia, de absoluta convicción en ciertos ideales, después de haber estado de hecho en la Unión Soviética viendo por dentro cómo era todo, hablando en ruso por cierto, años después, ya terminada la experiencia socialista, volví ahí, país ahora llamado Rusia, como turista. Eso fue hace poco, unos años atrás. Fui con mi esposa.

Aha….

¡Vos no te imaginás lo que fue eso! ¡El golpe terrible que me significó!

¿Qué pasó, David? Fue en ese momento que se escuchó sobrevolar el helicóptero, muy cerca de la cornisa donde se encontraban. Después se supo que no era tanto para desarrollar alguna tarea de salvamento o intervención humanitaria sino, fundamentalmente… ¡para filmar la escena desde lo más cerca posible! Una cadena internacional, incluso, estaba transmitiendo en vivo.

En Moscú visité viejos conocidos. Muchos de mis contactos de años atrás ya habían muerto. Creéme que no sólo de viejos, sino de tristeza. Y yo también casi muero de lo mismo. Si no me morí en ese momento, me quiero morir ahora.

Pero, en concreto, ¿qué pasó? ¿Qué viste?

¡Lo peor de lo peor! La decadencia. Vi de lo que somos capaces los seres humanos.

¿Con qué te encontraste? Dale, contá sin problemas…

¡No te imaginás! Muchos de los que antes eran dirigentes del Partido Comunista, gente que conocí personalmente y con quienes compartimos algún vodka en otro momento, ahora eran empresarios exitosos, deslumbrados por un reloj Rolex, por un Mercedes Benz lujoso, ¡por una hamburguesa Mc Donald’s! Sí, sí: así como lo oís, María Inés: ¡por una hamburguesa Mc Donald’s!
Debe haber sido un golpe muy fuerte, ¿verdad?

Terrible, realmente terrible… No te digo que todos los camaradas terminaron así, no. Por supuesto que no. Muchos, me consta, el día de hoy siguen luchando desde el llano, siguen firmes en sus convicciones, y están tan desesperados como yo, tan desesperanzados, agobiados...

….

La psicóloga-policía no tenía palabras. Secretamente, también se sentía acongojada. Tuvo que reprimir lágrimas que le afloraban y amenazaban con convertirse en torrente.

No termino de entender cómo se les esfumaron los principios tan rápidamente a muchos camaradas. O lo anterior era todo mentira, y de verdad no creo que haya sido, o lo que vi me obliga –¡nos obliga a todos!– a replantearnos cómo es eso de cambiar la historia, de hacer algo nuevo, de transformar la sociedad. ¡Puta que es difícil eso, che!

¿Acaso alguien había dicho alguna vez que era fácil?

No, claro que no. Pero lo que uno va viendo es lo terriblemente difícil que es remar contra la corriente. Se suponía que los camaradas de un partido que se llenaban la boca hablando de igualdad, de justicia y de fervor popular estaban ya vacunados contra estas cosas. ¡Y vemos que no es tan así!

¿Será que esto de creerse superior es algo natural, genético? No sé. Por supuesto que es difícil cambiar las cosas, ¡vaya novedad! ¿O no lo sabías?

Bueno, sí. Aunque nunca me imaginé que lo fuera tanto. Como te darás cuenta, todas estas cosas te tocan muy dentro, más aún cuando toda tu vida la destinaste a creer en ciertos principios. Todo esto te desarma las convicciones. O más que desarmarte, te obliga a replantearte muchas cosas. Creo que todos los que nos decimos de izquierda nos lo deberíamos replantear. ¿Qué antídotos efectivos hay contra esas vanidades, che? ¿Por qué pasó en la Unión Soviética, después en la China, y de pronto puede pasar también en Cuba? ¿Por qué fascinan el Rolex o el Mc Donald’s? ¿Me lo podés explicar, María Inés?

Yo no lo sé. Es más: nunca me lo planteé. Pero sos vos el especialista en estas cosas.

Aquí no hay especialistas que valga, querida mía. Si alguien lo supiera con exactitud, ya lo habría dicho. ¿Cómo nos vacunamos contra las veleidades? ¿Por qué nos fascinan tanto las frivolidades? ¿O será que estamos condenados a ser así de boludos? ¿Por qué nos sale con tanta facilidad ser tan pero tan superficiales?

No lo sé… ¿Será que es agradable la comodidad? ¿Vos qué pensás?

Yo apuesto con todas mis fuerzas a que eso no es una condena. Si no, no habría posibilidades de cambio, seguiríamos eternamente en la época de las cavernas. Porque, te lo digo convencido, no todos nos desvivimos por esas vanidades. A mí eso me pasa de costado, y como decís vos, soy un tipo “inteligente”. ¿O es de tontos no desvivirse por un reloj de oro? ¿No te parece demasiada pobre la vida si nos quedamos en esas banalidades?

Bien pensado, sí. Tenés toda la razón. Para muchos el mundo así debe ser, medido por esas cosas, el reloj de oro, el yate, etc., etc. Pero por supuesto podría ser de otro modo, y podría valer –o ¡debería valer!– más una charla como esta que estamos teniendo ahora, honesta y profunda, incluso en una cornisa con gente que nos mira desde abajo, que todo el oro del mundo. Claro que sí, te entiendo y comparto.

Pero hay algo más todavía, mi querida María Inés. Algo que fue la gota que hizo derramar el vaso.

¿Qué pasó?

En Moscú, circunstancialmente me topé con una película pornográfica, cosa impensable años atrás. Y era actor principal allí… ¡uno de mis nietos!

El helicóptero pasaba cada vez más cerca. En esos acercamientos, el ruido se hacía infernal y suicida y psicóloga tenían que dejar de hablar por unos momentos. Era allí cuando el camarógrafo hacía sus mejores primeros planos. Descubriendo eso, el doctor Ulianowsky no dudó un instante en sacarle la lengua a la cámara poniendo cara de ogro y haciendo señas con su mano derecha que iba a cortarles la cabeza.

¿Estás seguro?

¡Absolutamente! La sangre de la sangre es inconfundible. No sé si tendrás hijos, y si los tuvieras, seguro que vas a experimentar la misma sensación que te digo yo ahora: con un hijo, o con un nieto, uno siente lo que les pasa a ellos como si le sucediera a uno mismo. Era mi nieto menor, Daniel, de 19 años. Mi preferido. Como su madre, mi hija, era madre soltera y había muerto en ese accidente del avión hace muchos años, prácticamente lo criamos nosotros, mi esposa y yo.

Pero… ¿cómo está eso de actor porno?, preguntó sorprendida María Inés.

Bueno, ya te habrás dado cuenta que no soy un viejo moralista precisamente.

No, por supuesto. Hace un ratito me estaba enterando que te gustaba cuando eras mi profesor. Además, tengo que confesártelo, todo el mundo siempre supo que eras medio mujeriego. Y yo, más de alguna vez fantaseé que me ibas a mirar con ganas, y algo más…

¡¡Y recién ahora me lo decís!!... Bueno, pero eso es harina de otro costal, mi querida. Cuando uno está por suicidarse te aseguro que no piensa en esas cosas. En lo que pienso ahora, lo que me ronda la cabeza, lo único que me importa, y al mismo tiempo me conmueve hasta los huesos, es esto de mi nieto.

Pero ¿por qué te toca tanto?

¿Es que no lo entendés? ¡Eso es todo un símbolo! No soy un moralista, un viejo santulón del Opus Dei. Bueno, tampoco soy judío, nunca practiqué ninguna religión. Lo que quiero decir, María Inés, es que el tema del negocio de la pornografía es una de las más asquerosas expresiones del capitalismo. ¿Cómo llegar a hacer negocio del sexo? ¿Cómo puede mercantilizarse eso?

Bueno…, en el mundo capitalista todo es negocio. Todo, absolutamente. ¿Por qué no lo sería también el sexo?

Sí, claro. ¡Lamentablemente es así! Pero hay cosas que superan los límites. ¿Te parece que se puede vender la intimidad?

No sé…., ya es natural eso, ¿no? Cualquier pibe lo ve, lo compra… La industria porno es una de las que más crece, tengo entendido.

¡Y ahí está el problema! Todo se nos hace natural, todo termina aguándose… Es natural que alguien se muera trabajando 18 horas por día, o que un negro sea esclavo, o que una mina con minifalda y tacones sea puta. Es natural que en un jueguito de esos que usan ahora los pibes se vea cómo le cortás la cabeza a otro con total naturalidad y vuelen las tripas por el aire sin que nadie mueva un dedo… Es natural que se vendan órganos, se lancen bombas sobre los pobres cuando protestan, se invadan países… Y así también con la industria porno. ¡Pero no, che! ¿No te parece que es para reaccionar todo esto?

Sí, quizá sí…

No te veo muy convencida. Quizá soy un viejo loco que se quedó cincuenta años atrás. Así me lo han dicho muchas veces… ¡Pero creo que no es así, María Inés! Hay que reaccionar ante toda esta mierda. No es cuestión de viejos o de jóvenes: ¡esto no puede ser!

¿Y te parece que la mejor manera de hacerlo es tirándose desde un sexto piso?

No, por supuesto que no. Pero por lo menos esto puede ser una forma de protestar. Mirá, ahí están esas mierdas de los canales de televisión vendiendo la muerte, la sangre, el circo. ¿No te parece que se podría usar este momento para decir cuatro verdades, para decir por qué me quiero suicidar, y cambiarles un poco el guión?

Sí, claro. Pero… ¿cómo lo hacemos?

No sé. Conseguime vos una entrevista con ellos, dado que sos la policía encargada de venirme a rescatar. Deciles que es la condición que pongo para no tirarme.

¡Estás loco! Me matan primero. O dejan que te tires y lo filman con lujo de detalles. Eso no dejaría de ser un muy buen negocio.

Sí, es posible….

El silencio se hizo tenso, pesado, pese a la gritería de la gente que se había reunido abajo, a los gritos de los bomberos, de los otros policías, del público que pedía cualquier cosa (que se lanzara, o que no se lanzara), pese al helicóptero que seguía sobrevolando, a las sirenas de más vehículos que seguían llegando a la escena, a la algarabía de más de alguno que veía una fiesta en la situación … En medio de todo ese circo ensordecedor, el silencio que se había producido en el diálogo entre el doctor Ulianowsky y María Inés remedaba más bien el de un cementerio.

Che, ¿no querés otro cigarro?, fue todo lo que se le ocurrió decir a la psicóloga. Su papel de especialista en emergencias límites ya hacía tiempo que se había desdibujado, o desaparecido.

¿Y qué mierda hago ahora?, preguntó angustiado David. Yo no pensaba que esto iba a terminar de esta manera, con un helicóptero que me toma primeros planos como actor de Hollywood. ¿Me tendré que suicidar entonces?

¿Qué ganaríamos con eso?, agregó casi espantada María Inés.

¿Ganar? Bueno….., no sé. ¿Pero será que se trata de ganar? Tal vez, no sé… lograríamos que vos cuentes todo esto que te estoy diciendo. Que digas claramente por qué me quería suicidar. Quizá esa sería una forma de contar una historia no oficial, ¿no? Podríamos hacer un poco de ruido, mostrar que no todos se venden por una hamburguesa… ¡Mostrar que sigue habiendo ética!

Querido David, digo lloriqueando la policía-psicóloga. Me parece que te voy a decepcionar. Todo esto quedó grabado. Y si vos hablabas de mediocridad, la que en realidad fue una mediocre fui yo.

David se sintió golpeado. Fue como despertar violentamente de un sueño. No podía dar crédito a lo que escuchaba.

¿Y qué significa entonces que “quedó grabado”?

Bueno…, que tengo puesto un micrófono inalámbrico de alta fidelidad, y que todo lo que estamos hablando lo están escuchando ahora mis compañeros en el departamento vecino. ¡Incluso en el helicóptero! Seguramente, ¡está saliendo al aire!

¿Y? Total…, no dijimos nada inconveniente, ¿no?

No sé… Yo no hice mi trabajo como debía. Incumplí mi misión.

Yo no diría eso, María Inés. Lo hiciste muy bien. Creo que lograste lo que tenías que hacer. Creéme que ya no me quiero tirar.

Vos no, pero yo sí.

Dicho eso, sin dudas ganada por la culpa que le había generado la situación, se lanzó al vacío, y no hacia donde estaba la cama elástica precisamente.

Las cámaras captaron cada detalle de la caída. David, por un momento, quedó estupefacto, mudo, aterrorizado. Lentamente, ahora con pánico por la altura en que se encontraba y de la que recién en ese momento parecía tomar conciencia, arrastrando los pies y con toda la precaución del mundo, enfiló hacia la ventana por la que había salido. Dentro de la habitación lo esperaban varios policías y enfermeros.

Fue una desgracia. Cuando ya parecía que llegaba hasta los brazos de quienes lo esperaban, la punta de su pie izquierdo tropezó en el borde de la cornisa y cayó.

Según pude informarme, Daniel, el nieto, al saber del accidente, entró en una impotencia de origen psicológico de la que aún no se recupera. Por supuesto, no abandonó su carrera de actor porno. Ahora hace papeles de travesti.