domingo, 21 de octubre de 2012

¿Adónde van las lágrimas?





Nechi Dorado


¿Adónde van las lágrimas del preso POR conciencia?

¿Se las traga la vida y las escupe la muerte?

¿O acaso se acovachan destilando reflejos

que brillan a lo lejos sin que se alcance a verlas?

                             ¡No se!

Yo solo siento que quisiera juntarlas,

¡Contarles que son sombras

revueltas en mi pecho!

¡Decirles que no encuentro la manera conciente,

Aunque quiera  lanzarlas  a corretear al  viento!

Tal vez si se escaparan serían  arco iris,

se volverían rocío,

¡De pronto!

o primaveras.

Formarían océanos de sal acumulada,

irguiéndose, aún cautivas,

en torno a la esperanza.

¡Es que el  amor trasciende

las celdas y el olvido!

¿Quedarán  deambulando en pozos de vergüenza

O corren al futuro en brisas de impaciencia?

                               ¡No se!

 ¿Adónde van las lágrimas del preso POR conciencia?

                   Tal vez, en la pregunta

                    se esconda esa respuesta…


domingo, 7 de octubre de 2012

Nuevo libro de padre Javier Giraldo: Aquellas muertes que hicieron resplandecer la vida


 

 Aquellas muertes que hicieron resplandecer la vida

Javier Giraldo Moreno, S.J.
Miércoles 26 de septiembre de 2012, por Javier Giraldo M. , S.J.
 - Free publishing - More martirio

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Publicado por cambio total en CambioTotalRevista el 10/06/2012 10:05:00 p.m. 

¿Por qué tú, que eres inteligente…? Por Luis Britto García



1
No hay expresión más refocilada que la de quien cree haber encontrado un método infalible para ganar en la lotería o vencer en todas las discusiones. Es fácil reconocerlo. Nos sigue varias cuadras haciéndose el disimulado, lee un papelito como para no olvidar el número de su billete ganador, y por fin nos aborda, con la cara de estreñido de quien da un pésame: -¿Por qué tú… que eres inteligente… que eres preparado… eres de izquierda…?
2
Si tus conclusiones no son satisfactorias, le digo, revisa tus premisas. Lo que estás diciendo es que no soy inteligente o que la izquierda no es inteligente. Si no soy inteligente, te equivocas al decir que lo soy, y mucho más al discutir conmigo, porque a nadie le interesa que le dé la razón un bruto. Si dices que la izquierda no es inteligente, demuéstralo, porque a quien alega un hecho le toca la carga de la prueba.
3
Demostrar que la izquierda no es inteligente es pan comido. Es obvio que no eran inteligentes ni Marx ni Engels, cuyas ideas mueven al mundo hace más de un siglo, ni Lenin o Mao, que convirtieron países semifeudales en potencias. Tan brutos como izquierdistas eran Arthur Rimbaud, Emilio Zolá, Oscar Wilde, Bernard Shaw, Bertrand Russell, José Martí, Albert Einstein, Robert Oppenheimer, Pablo Picasso, Charles Chaplin, Sergio Eisenstein, Vladimiro Tatlin, Igor Stravinsky, Sergio Prokofiev, Tristán Tzara, André Bretón, Ernest Hemingway, Jean Paul Sartre, Diego Rivera, José Clemente Orozco, Siqueiros, Federico García Lorca, Luis Buñuel, Mariátegui, Pablo Neruda, Vicente Huidobro, Salvador Allende, Elena Poniatowska, Tina Modotti, Noam Chomsky, George Clooney, Sean Penn, Oliver Stone, Michael Moore, Naomi Klein, Guayasamín, Jorge Amado, Ciro Alegría, Jorge Icaza, Julio Cortázar, Ernesto Cardenal, Eduardo Galeano, Gabriel García Márquez, Aníbal Nazoa, Aquiles Nazoa, Alfredo Armas Alfonzo, Laura Antillano, Régulo Pérez, Fruto Vivas, Vladimir Acosta…
   -¿Perdón, quiénes?- Nos pregunta el implacable juez de la inteligencia, pestañeando como bateador que deja pasar mil strikes sin abanicar uno.
4
Admitamos que la constelación de fundadores del mundo y del pensamiento modernos nada significan ante el Filósofo del Zulia, que descubrió que no hay que pedir peras al horno, ante la rectora Arocha, quien desfiló con pancarta proclamando que “no acateremos” la Ley de Universidades, o ante la diputada que vive conjugando el verbo responsabilidad ¿Se puede ser Gente Pensante sin pensar, o sin tener obra, como bien lo demuestra la derecha intelectual, o alguna izquierda que al pasarse para la derecha dejó de crear?
5
El estudio “Mentes brillantes y actitudes oscuras: habilidad cognitiva inferior predice un mayor prejuicio, ideología derechista y bajo contacto intergrupal”, de Gordon Hodson y Michael Busseri, de la Universidad de Brock (Psychological Science, Febrero 2012, 23: 187.195, doi: 10.1177/0956797611421206) revela eso mismo: los menos inteligentes son derechistas, prejuiciados e inhábiles para el contacto grupal. Investigadores de la Universidad de Zurich, dirigidos por Erns Fehr, encontraron, según Yosuke Morishima, que “los voluntarios que se comportaron más altruistamente también tenían una mayor proporción de materia gris en la unión entre los lóbulos parietal y temporal”. Según Chris Mooney, en The republican war on science, los conservadores puntúan muy por debajo de los progresistas en los test sicológicos que miden la “apertura a la experiencia”, y se encierran en una “clausura cognitiva del mundo” (http://terceracultura.net/tc, 27 agosto 2012). ¿Para qué multiplicar argumentos? El conservador sólo masca el chicle del pasado. Todo adelanto se debe a algún progresista.
6
Nuestro preguntón, como todo derechista, tiene bajo nivel de atención y no soporta argumentos. Antes de que terminemos nos deja, vuelve a leer su papelito y se pega detrás de Román Chalbaud, recitándole: “¿Por qué tú… que eres inteligente… que eres preparado…?”
Por fortuna la inmensa mayoría del pueblo venezolano es inteligente.

Jeymi y la danza de los recuerdos




Jeymi y la danza de los recuerdos

Por Nechi Dorado

Lavó las escasas ropas que tenía y las tendió en una cuerda improvisada. Jeymi disfrutaba, de alguna manera, viendo como las prendas parecían danzar un baile cadencioso, por eso todas las mañanas repetía la escena.
Libres, apenas dirigidas por las oleadas de suave brisa que traspasaba los barrotes tras los que ella estaba condenada a pasar muchos años.
Tarareaba una melodía suave, cuyos acordes eran un poco arrancados del recuerdo de las canciones de su abuela, cuando ella y sus hermanos eran pequeños.
-Tarará-ra-rá, ay ay ay- tarará-ra-rá, cantaba, acompañando con su cabeza la melodía nostálgica.
-¡Ay no! se dijo. Es demasiado triste como me salió, más bien parece una marcha fúnebre, pensaba, mientras cambiaba la melodía por otra que también fue desechada.
-¡Como me hubiera gustado poder cantar, tener buena voz, pero ni eso! Recuerdo cuando en el campo lo hacía y mis hermanos reían diciendo que parecía una rana.
¡Canta la ranaaaaaa!, gritaban y salían como disparados monte adentro.
 Por suerte, la abuela me sentaba en sus rodillas y me decía que cantáramos juntas, que a ella le gustaba mi voz, no como a esos bandidos hermanos que tanto me mortificaban, se dijo haciendo un mohín con sus labios pálidos de encierro.
-¡No! volvió a pensar, no me mortificaban. Eramos niños y aunque la vida nos golpeara tanto, lográbamos reír entre las corridas que hacíamos para escondernos tras las matas de café.
Jeymi sonreía, los recuerdos a veces tienen la particularidad de modificar hasta las situaciones más espantosas, logrando convertirlas en pasado risueño. Es tal vez como una autoprotección que nos creamos para no permitir que las heridas sigan sangrando.
Seguía mirando el bailoteo de sus prendas, cada vez más lento, como si se fueran paralizando a medida que secaban. Ella parecía transportada hacia otra dimensión donde la vida podía ser diferente.
Era tan poco lo que podía hacerse allí, apenas tratar de no enloquecer dejando que los días corran sus maratones hasta alcanzar al siguiente.
La blusa ya estaba casi oreada, los pantalones demoraban un poco, su danza era más pesada, no tenía la gracilidad de la otra y por eso seguía bailando un rato más, haciéndolo muy mal.
--La-la-la-lalalá, la-la-la-lalalá, intentó nuevamente, e inmediatamente pensó: ¡¡¡Ay que no!!! Reía con risa casi transparente, como si estuviera en el campo y la realidad se hubiera espantado hacia otro sitio.
-¡Esta es la música de nuestra marcha! Se dijo, sorprendida.
Sí, ese era el himno con el que empezaban el día mientras la noche mostraba resistencia a desaparecer empujada por el sol que buscaba su lugar, en la espesura de una selva de verdes matizados.
¡Nuestra selva! Y la emoción se adueño de su alma noble.
-¡Nuestra marcha, cuánto hace que no puedo escucharla! Era bellísimo estar con los compañeros y compañeras proyectando mañanas perezosos que no terminan de aparecer aunque a veces sintiéramos que las estábamos atrapando.
-Cuando mataron a María lloramos todas abrazadas. Cuando cayó herido Raúl tragamos nuestras lágrimas y las volvimos nudos en el centro del pecho.
Es que teníamos una consigna que hablaba sobre lo que deberíamos hacer para cumplir los deseos de quien se nos apartara, por un rato o para siempre.
En las noches, antes de ir a las caletas, hablando bajito para que nadie se entere que estábamos despiertos, dejábamos la orden de lo que deberían hacer cuando el día cayera sobre nuestros cuerpos con toda su furia como desatada desde un infierno aberrante.
Así caían los días, muchas veces. Demasiadas veces.
-María decía que sólo lloráramos un ratito por ella y que luego la recordáramos en cada vuelo de las cotorras que anidaban en la copa imponente de nuestros árboles amigos.
 -¡Árboles amigos! y sin embargo tantas veces no pudimos protegerlos y se nos iban muriendo de a poquito, intoxicados.
Jeymi hablaba para sí, su propia voz era su compañera de celda, sus pensamientos el sostén imprescindible cuando las garras del odio encadenan nuestra propia historia.
-Fuimos respetuosos hasta de nuestros códigos no escritos, no formales, nacidos en las noches cuando la espesura impedía que viéramos el brillo de las estrellas aunque supiéramos que allá estaban. Lejanas, inalcanzables como hasta el momento es la libertad, la justicia, la dignidad que jamás perdimos ni en tiempos tan difíciles como este que estoy atravesando.
Asumiendo cada deseo fue que comenzamos a saludar el vuelo de las aves cuando María voló tan alto dejando su risa más allá de barricadas y follaje.
Sin embargo, ella siguió acompañándonos, arrastrándose en nuestras trincheras de barro entre explosiones cercanas y lamentos.
-¡Ahí va María! decíamos, ¡Vuela niña, vuela, alto que la muerte ronda y no habrá de matarte, nuevamente!
Raúl, en cambio decía con su voz que imponía firmeza aún en momentos más duros: -Oigan bien, cuando yo me vaya a la que vea llorando por mí me la llevo conmigo de los pelos p’a que aprendan que acá no es lugar para sensiblerías ni bobaliconadas.
Jeymi, enamorada suya, agregaba : entonces lloraré mucho ahora mismo. Y se cerraba la charla con risas contenidas, mientras los ojos de Raúl hacían guiños y mientras la picardía cómplice entrelazaba sus manos y un chasquido de besos encendidos daban las buenas noches, en la caleta compartida por ambos.
¡Y muy buenas noches! Recordó, sonrojándose un poquito.
Jeymi sonreía a través de sus recuerdos, en la fría soledad de su celda oscura, húmeda, tan inhabitable que ni el sol se atrevía a colar un rayo por entre la mampostería gris, descascarada, donde las garrapatas hacían sus nidos y las arañas parecían Penélope entrelazando hilos en su espera añeja.
Allí tan solo, irrespetuosamente, llegaba la danza de los recuerdos encendidos que no pueden demorar imposiciones ni torturas.
-Raúl ¿Volveremos a vernos, amor? ¡Cuál será el día! Murmuró la joven mientras una lágrima desplegaba su indecisión entre rodar por su mejilla o incrustarse hasta volverse nudo en el estómago.
-¡Eso nunca! Exclamó la joven echando mano a su convicción inquebrantable. Acá no puede haber lugar para pensar en muerte, siguió diciendo mientras sus manos se agitaban como espantando algo.
La blusa, casi seca, apenas si bailaba su danza dirigida. El pantalón agitaba las piernas cada vez más despacito. Jeymi seguía tratando de encontrar la melodía que acompañara el baile.
-Tara-lala-tara-lala ay ay ay- tarará-ra-rá. Repetía, mientras retiraba la ropa que al día siguiente volvería a ensayar su danza traspasando rejas. Y volvió a sentir que esa música sonaba demasiado triste.
Al retirarlas de la cuerda improvisada, pudo sentir la brisa fresca acariciando sus manos.
Un fuerte impulso la empujó hacia otra melodía y comenzó a tararearla cada vez más fuerte mientras sus dedos empezaron a danzar la danza de la esperanzan, del otro lado de los barrotes, hacia afuera, hacia donde la vida fluye aún entre miserias y rencores.
-La-la-la-lalalá, la-la-la-lalalá, lalalalalalalalalalaaaaa
Jeymi no supo si era el eco que anidaba en los pasillos lúgubres, pero en un primer momento creyó oír las voces de sus hermanitos gritándole ¡ranaaaaa!
Pero ¡No, no, no, era otro grito y se escuchaba cada vez más fuerte! Eran otras voces que se unían a la suya y hacían saltar el cemento fracturado que caía estampado en el piso húmedo del pasillo.
Eran miles de voces que aparecían rodeando la estructura imponente, donde bestias malditas pretendieran esconder su propia cobardía.
Jeymi siguió cantando con más fuerzas, arrinconó la angustia echándola a un costado y una sonrisa húmeda se dibujó en su rostro moreno como las noches del valle.
Las voces de fondo se escuchaban cada vez más cerca, casi como si la acariciaran y la obligaran a no parar su tarareo mientras sus manos eran acariciadas por la brisa del atardecer que ya rompía la falda de la tarde.
- La-la-la-lalalá, la-la-la-lalalá ¡Con el fuego primero del alba!


 http://youtu.be/PPqXF0OtEoY





jueves, 4 de octubre de 2012

Honduras


Por Weky Yury, poeta y escritora venezolana

Volvió la muerte
vestida de verde con metralla
a escupir por las espaldas a tu gente
Regresó con botas y uniforme
a pisar el pueblo del Caribe
Llegó anunciada y anunciando su visita
se sentó para ordenar el exterminio
del pueblo indefenso
bananero
sin camisa.
Golpeó la bestia en el centro de la América
el corazón del continente
ha sido herido
y el resto de los pueblos guardan luto
Levántanse mil voces 
en el planeta
se alzan los puños
 los cantos a la justicia reclamando
 y la vocería la callan con fusil
Volvió la muerte y llega otra vez
del norte dirigida
intentando encantar con cantos de serpiente
para adormecer la esperanza
el vuelo 
apagar el fuego
que redima
al pueblo del hambre
el llanto
la pobreza.

miércoles, 3 de octubre de 2012

José Mas Akre, Señor de la Vida y de la Muerte. Por Nechi Dorado, ANNCOL




Por Nechi Dorado, ANNCOL

-¡Mirá vos! Yo que pensaba que esa enfermedad solo atacaba a los buenos. Parece que se enfermó el rey, comentó Belén a su amigo Tomás mientras leía los titulares de los diarios, esa mañana que la primavera no terminaba de despertar.
-Bueno, ¿Qué cosa se te ocurre? Respondió Tomás mucho más centrado en pensamientos que ella. Convengamos que todos podemos enfermar, es duro pero real.
-Claro, respondió Belén, sin prestar atención a esa respuesta, absorta como estaba en la descripción de la enfermedad del rey entronizado a fuerza de prepotencia matona.
Las noticias hablaban de José Mas Akre, Señor de la Vida y de la Muerte, según rezaba el diploma honorífico que describía el alcance que tendría su reinado en tiempos en que la humanidad era devorada por los sistemas inalámbricos que, como si fueran coladores, permitían que toda noticia que se produjera en el lugar más apartado del planeta, escapara por los agujeros para tener repercusión inmediata.

José Mas Akre era un personaje de bajísima moral, amante de las discordias y como rezaba su lema, Señor de la Vida y de la Muerte.
Allí donde posara su mirada hierática, fría y calculadora, la historia tenía la particularidad de mutar de pronto.
El decidía sobre todos los habitantes del reino, aún cuando éstos habitaran en otras zonas. Lucía una sonrisa que parecía plastificada, típico de la gente que no sonríe desde el alma.
Cuando enfermó, como enferma todo el mundo alguna vez, no produjo alegría en la gente que era muy distinta a él.
Digo, esa gente por cuyas venas corría la sangre humana, esa que no comparte siquiera el factor de los que rinden culto al espanto.
A diferencia suya que cuando asesinaba, utilizando para el trabajo sucio a un grupo nutrido de sicarios, salía a celebrar el crimen como corresponde a todos los que se nutren de la muerte.
Crimen, violación, desaparición, todo estaba definido en su propio diccionario en el que la palabra vida iba seguida de un “hasta que se me antoje”.

Belén, leyendo la noticia de su enfermedad, por esas cosas extrañas de la psiquis, recordó un episodio vivido hace tiempo atrás, mientras pasaba unos días en casa de su padre.
Sucedió un mediodía de esos en los que el sol pierde su vergüenza y se torna irrespetuoso, abrasando hasta los esqueletos, clavándose entre adiposidades, músculos y tendones, haciendo que la piel parezca un gran río salado dibujado en cada anatomía.
En momentos en que ella iba a tender ropa, sobre el césped reseco, vio una culebra cuya cabeza apuntaba hacia las patas de una paloma torcaza que comía las miguitas de pan con las que su padre las alimentara cada día.
Ante la imagen, Belén, sintiendo ausencia de su capacidad defensiva, solo atinó a gritar:
-¡¡¡Paaaaaaaaaa!!! en clarísima alusión a su padre, quien acudió presuroso al llamado intuyendo que la voz de su hija anunciaba algún peligro inminente.
Belén solo atinó a espantar a la palomita que alzó vuelo, tal vez desconcertada, dejando su almuerzo inconcluso.
Su padre tomó una pala cuyo filo se incrustaba, en momentos normales, sobre la tierra arenada para quitar las malezas. Esa vez, en cambio, impactó sobre lo que podría decirse que era el cogote de la alimaña en el supuesto caso que tuvieran cogote.

El bicho repulsivo hizo dos o tres contorsiones, como si danzara su último cadereo invertebrado sobre el césped.
Y murió con su carga de veneno atragantado, sin tiempo como para descargarlo sobre las patitas indefensas de la torcaza.
Belén recordaba la escena y volvió a situarse en ese tiempo. Volvieron las palabras que sucedieran a esa visión de la muerte por “asesinato”.
-Ay pa, ¡La mataste! Pobre bicho, no se como pudiste hacerlo.
-¡Nena! respondió el padre sin tener en claro que la “nena” ya no era tal sino una mujer casi a punto de hacer su entrada a la tercera edad cuando menos quisieran pensarlo.
-Era una yarará, no puedo ver a esos bichos repugnantes, muchas veces andan por acá. Todo lo que se acerca sin hacer ruido, lo que se arrastra y no avisa su llegada me resulta insoportable. ¡Qué la parió!
-A mí también, pa, pero la muerte me espanta, llegue por el motivo que llegue con o sin aviso. Hasta me causa horror la de una alimaña, me da un poco de cosita, ¿Viste?
-¡Vos siempre tan romántica, qué cosa más grande! Y eso que casi te morís vos del susto, murmuraba el viejo mientras metía en una bolsa el cadáver al que ni el calor de ese mediodía pudo entibiar un poco.
-¿Qué pensás? Preguntó Tomás cuando notó que Belén parecía mirar hacia un pasado traído de los pelos, de repente.
-Nada, respondió Belén, nada. Recordaba la historia casera de una culebra a punto de picar las patitas de una torcaza que comía miguitas de pan, un mediodía de sol abrasador, antes de que mi viejo la matara.

-Volviendo al tema, yo que pensaba que esa enfermedad atacaba solo a los buenos, repitió Belén.
-No, ataca a cualquiera, respondió su amigo.
-Si, si, pero es que la muerte me espanta llegue por el motivo que llegue, expresó Belén.
-Por supuesto, afirmó Tomás. Por supuesto y eso es, justamente, lo que nos diferencia.
-Che, ¿Y cómo saldrá de su enfermedad José Mas Akre?
-Ojalá la supere, tal vez esto le sirva para comprender que aunque tenga el título de Señor de la Vida y de la Muerte, también es vulnerable a ese designio.
-Ay Tom, me parece que a vos también te espanta la muerte.
-¡Claro que sí! Lo que no se es que tendrá que ver José Mas Akre con la culebra que matara tu padre. Mira que tienes facilidad para saltar de un tema al otro, mujer.
-Seee, en serio que sí, respondió Belén. Pero creéme, volví a sentir pena por la culebra.

El rosal y la culebra. Por Nechi Dorado




Por Nechi Dorado, redactora de ANNCOL

Hacía muchos años que el rosal se erguía en medio de un paraje espeso. Dicen que nadie lo puso allí, que comenzó a brotar mezclado entre la nada.
No había mano que lo riegue ni sombra que lo proteja. Tampoco había voz que le susurre admiración frente a la ofrenda de sus pimpollos aterciopelados, que muchas veces, caían apresuradamente desparramando sus pétalos entre el follaje.
A sus pies, donde la raíz se oculta aferrándose a la tierra para proteger su crecimiento y darle la fuerza necesaria como para que no lo venza la tempestad, una culebra dormía su siesta bajo un sol que hervía hasta la médula del tiempo, empeñado por iluminar el paraje abriéndose paso entre la espesura de las matas.
La culebra no era visualizada por todos pero estaba allí, haciendo su trabajo constrictor. 
Al ver el rosal solitario, algunos decían: -Esa es la planta de la muerte, está contaminada por el veneno del áspid.
Otros aseguraban que estaba maldito, exhortando a arrancarlo a cualquier precio.
Mientras la culebra seguía su siesta indigestada, acogotando la vida.
No faltaba quien asegurara que la planta ocultaba un mensaje infrahumano.
-Nacer así, espontáneamente, sin órdenes expresas, sin reglamento. Eso implica que lo puso ahí Satán. ¡Hay que extirparlo ya!
 Ordenaban a diestra.
-Es hija del diablo, agregaban, mientras se persignaban temerosos de la proximidad de algún futuro armagedónico.
 ¡Y la culebra dormía con sueño sostenido!
El color seguía estallando desde las ramas de ese rosal abandonado, a pesar de profecías. No le hacía falta más que su voluntad para seguir viviendo. Lo sostenía su propia necedad por aferrarse a la vida.
La brisa desparramaba el perfume de los retoños, extendiéndolo como se extiende el amanecer cuando el sol deja de mirar de reojo las piernas a la luna.
Cuando rompe el horizonte y empiezan a desperezarse los primeros rayos.
Más allá de prejuicios nacidos desde dogmas de infiernos y demonios, la planta ofrecía el espectáculo vital de la solemnidad irrespetuosa que no admite ruegos, permisos ni limosnas.
A pesar de la culebra y su sueño.
Las raíces, silenciosas, casi titánicas, seguían tejiendo anillos cerrados alrededor del bicho repugnante que dormía, mientras la fantasía seguía entrelazando urdimbres de suposiciones.