sábado, 20 de abril de 2013

Eternidad


En la foto el rostro de Laura Canosa, compañera revolucionaria argentina
que se nos fue una noche temprana e inesperadamente...


Gustavo Robles


Dicen los que saben que todo es relativo, que la realidad que vemos es sólo parte de ella, que los hilos del Universo juegan juegos que nuestras mentes no pueden o están lejos de entender. Parece que por cada uno de nosotros puede haber infinitas realidades, lo que resultaría en infinitos Cosmos que se desarrollan independientes unos de otros. Sin embargo, en determinadas ocasiones, por causas que los científicos aún no pueden comprender (vaya a saber si alguna vez podrán), esos Cosmos que son como átomos de un Todo, se conectan a través de vórtices espacio-temporales y, por determinados lapsos de tiempo, mundos paralelos pueden interactuar entre sí.

Uno jamás piensa que algo como eso le puede suceder, pero la Existencia nos tiene preparadas sorpresas que están lejos de nuestro entendimiento.

Así es que viajaba yo por esos interminables caminos del sur patagónico en un día radiante como pocos. Viajaba y el espacio me alejaba de los horrores del tiempo. O al menos eso intentaba. Hacía unos años, la vida me había clavado el dolor más grande de todos mis pasos bajo el sol y estaba intentando aprender a vivir de nuevo. Se me hacía dura la cosa: sin Laura no podía. Algunos dicen que la muerte le da sentido a la vida, pero a mí me lo había quitado.

Y bien, en esa desesperada búsqueda por tratar de acomodarme donde el paso del tiempo menos duela, me sumergí en los maravillosos laberintos de la Patagonia. Seguramente sus bellezas incomparables son las que tanto me atraen de ella, aunque no lo único: hay recuerdos de décadas, momentos de la infancia de las manos de mis padres por aquellos parajes; hay la juventud enamorada con vientre fértil y retoños nuevos, hay años recorriendo... Hay también, algún ancestro originario de aquellas tierras. Hay la ansiedad de la frescura para escapar del calor creciente del norte. Hay la necesidad de salir de la opresiva realidad rutinaria para encontrar la maravilla: escapar de lo ordinario y vivir un poco, aunque más no sea rozándola, la libertad.

Andaba entonces por la Ruta 3, un día de inusual calor. Raro día por aquellas latitudes. Tan raro, que hasta el viento había calmado. El cielo caía con un impactante celeste sobre la estepa, sin una nube que intrusara el paisaje. Sólo las aves, de cuando en cuando, violaban su omnipresencia. Al ir avanzando, al costado del camino uno de los tantos carteles señalaba un “Camino turístico costero” y una desviación hacia el mar. La 3 es una ruta asfaltada, que, si bien es cierto, tiene algunas partes de su trayecto en no tan buen estado, por lo general se transita correctamente desde Buenos Aires a Ushuaia. Sin embargo, en aquel paraje santacruceño, el desvío costero, como casi todos los senderos secundarios, era de ripio; y por lo que veía el auto iba a sufrir un poco. De todas maneras estaba dispuesto a hacer el recorrido, que prometía valer la pena. Aminoré la marcha, salí del asfalto y enfilé hacia la costa. A poco de andar nomás, una hermosa y solitaria playa en una pequeña ensenada acariciaba mis ojos. Detuve el motor y bajé dispuesto a mojar mis pies en ese mar que más que mar parecía una pileta, tan calmo estaba. El asunto es que la marea estaba en su punto más bajo, y el piso era una greda en el que los pies se hundían hasta más arriba de los tobillos. Resigné mis expectativas de meterlos en esas aguas y volví, no sin esfuerzo, al vehículo. Mientras luchaba con el barro, noté que otro automóvil, rojo como el mío, pero más moderno, ingresaba a la playita. Éramos los únicos habitantes del lugar. Saqué algunas fotos, me quité el barro con agua que llevo siempre conmigo en un par de botellas para aquellas ocasiones, y seguí la recorrida. El camino era espantosamente desparejo, no dejaba de pensar en lo que el pobre auto (mi viejo “bólido rojo”) estaba sufriendo. Y yo, por supuesto, sufría con él. Al final de una cuesta, un cartelito anunciaba el “punto panorámico”: allí se abría el paisaje de manera espectacular. Desde lo alto, se podía ver toda la bahía y el mar hasta donde se perdía el horizonte. El alma se llena en esas ocasiones. Uno se hermana con la naturaleza y empieza a comprender un poco que es parte de ella. Estuve un largo rato allí, extasiado, hasta que decidí continuar el paseo, no sin antes sacar algunas fotografrías. Cuando arranqué el motor, vi que llegaba el auto rojo que había dejado atrás en la playa anterior y se detenía. Sus ocupantes, seguramente, se disponían a disfrutar de la misma vista que yo había gozado hacía sólo unos minutos.

El camino avanzaba sobre las bellezas costeras y alguna que otra referencia histórica, como las ruinas de un frigorífico de una empresa extranjera que alguna vez explotó la zona pero que hacía años había cerrado, dejando decenas de trabajadores en la calle. El camino estaba realmente malo y empeoraba, la piedra se hacía cada vez más grande y más suelta, por lo que había que tener extremo cuidado al conducir. En uno de esos vericuetos fue que apareció una playa de ensueño, solitaria, encerrada entre dos arrecifes separados por, más o menos, dos kilómetros. Parecía una pintura que la luz del sol transformaba en obra de arte. No pude evitar la tentación de detenerme, por lo que opté por tomar una huella paralela al costado del camino por tan sólo unos metros para hacerlo. A veces la belleza es ponzoñosa y engaña a su observador transformándolo en presa. Pues bien, esa terminó siendo mi situación, ya que la huella tenía tanta piedra de canto rodado suelta que el auto se hundió en cuanto me detuve. Consciente de la situación, traté de moverlo, pero al hacerlo, se hundía aún más. Bajé resignado, sabía que resolver el problema iba a ser posible pero trabajoso, ya que habría que remover la piedra suelta para que las ruedas pudieran tener el agarre suficiente para salir. De todos modos, lo importante era disfrutar un rato de la hermosura que tenía frente a mis ojos, así que me saqué las sandalias y caminé directo hacia el mar, distante unos doscientos metros. Recordé los viejos y queridos años de mi infancia, cuando con mis padres recorríamos los caminos donde imperaba el ripio por aquel entonces, cuando las hoy ciudades eran sólo aldeas o apenas pueblitos, cuando la Patagonia parecía un canto a la soledad y quien la visitaba podía creer ser el último habitante de la Tierra. Así me sentía en ese momento. Los fantasmas giraban a mi alrededor, se mostraban mientras mojaba mis pies en las frías aguas del sur. Caminé y chapoteé un rato, pero debía volver. Además, tenía que resolver el problema del coche. Llegué al “Rojito”, limpié la arena en mis extremidades, me senté al volante y encendí el motor. Intenté salir pero las ruedas giraban sin poder traccionar. Balanceé el auto moviéndolo hacia atrás y hacia adelante, pero no salía. No quedaba otra que remover las piedras, lo que me iba a llevar un largo rato. Fue entonces cuando llegó, otra vez, el auto rojo que parecía seguir mis pasos.

Vi cómo se estacionaba a unos metros más adelante, unos cincuenta, más cerca del acantilado. Allí el piso estaba más firme, evidentemente. Lo ocupantes se dieron cuenta de que yo estaba en dificultades y esgrimiendo esa solidaridad habitual entre los viajeros, se dispusieron a tenderme una mano. El conductor bajó de su vehículo y se dirigió hacia mí. Lo noté familiar, pero no supe definir por qué.

- ¿Qué pasó amigo? -preguntó amablemente
- Me “enterré” -contesté sonriéndole -Estos caminos... podrían arreglarlos un poco, o al menos señalar que uno se puede hundir acá...
- Subí y tratá de moverlo, que yo te empujo

Eso hice, pero no podía sacar el auto de la “trampa”. El solidario amigo fue hasta su auto, abrió el baúl y sacó una pala de campamento. Volvió hacia mí, removió las piedras alrededor de las ruedas delanteras y me dijo:

- Ahora intentá sacarlo
- Voy a tratar marcha atrás, por donde vine – le contesté, y subí al auto.

Efectivamente, de esa manera pude sacar el vehículo. Si no hubiese sido por ese hombre, no hubiese podido hacerlo en tan poco tiempo. Él sonrió, alegre, y se dirigió al suyo. Yo me aseguré de dejar el mío sobre suelo firme y bajé para ir a su encuentro. Estaba realmente agradecido por el gesto solidario de esa pareja, sobre todo en un lugar tan desolado. Al acercarme, reparé en lo parecido que era a mí físicamente aquel sujeto. El pelo largo atado con una colita, barba prolijamente rasurada, ambos algo más canosos que los míos, anteojos de sol, musculosa, bermudas y sandalias del mismo estilo que los que yo usaba. Le tendí la mano y le dije

- Gracias hermano, me salvaste

A lo que él respondió con una sonrisa y un afectuoso apretón de mano

- No es nada – me dijo -Andá con cuidado

Hasta su voz parecía la mía. Fue entonces cuando, antes de volver a mi auto, levanté la mano para saludar a su pareja que estaba sentada en el asiento del acompañante. Y entonces la vi. Y se me heló la sangre. Y comprendí todo. Ella me miró, con esa ternura que acostumbraba, y cerró un instante los ojos como diciendo “está todo bien, cuidate”, con un dejo de tristeza y melancolía que no necesitaba palabras. Ella lo sabía todo, se había dado cuenta de todo desde el principio. Ni él, que era yo, ni yo, que era él, nos habíamos reconocido. Pero ella sí

Me quedé parado allí, observando esta vez cómo ellos se iban, él alegre, concentrado en el camino, y ella mirándome mientras se alejaba con su sonrisa triste.... por mi tristeza

Laura

Se me hizo la noche llena de estrellas, y aún estaba yo en esa playa, solitario, sin poder moverme, con el tibio consuelo de saber que, al menos en otro Universo, ella estaba a mi lado

Gustavo


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.